domingo 1 de mayo de 2011
También con la muerte preferí no elegir, práctica común. Tal vez el asunto se remonte a la posibilidad ineludible de no haber nacido o, siendo menos dramáticos, a la incapacidad de responsabilizarme de las consecuencias de mis decisiones. Decidir siempre me fue un problema desde que lo recuerdo, como decir “sí” o “no” cuando de niña me ofrecían tal o cual cosa. La cierto es que verdades universales en las que nunca he vacilado son, siendo generosa, sólo un par, y con ellas me ha bastado. Aunque quiero mencionar también que incentivando “esta indecisión, en la encrucijada de la opción”, se ha encontrado la fatalidad, esa frontera entre nuestros dominios y el estar subyugados a la circunstancia y la otredad. No sé cuál sea la manera de elegir y de actuar, he hecho ambas cosas pero sigo sin saber, pues la respuesta fue siempre dispar y es cuando termino por creer que no importa tanto lo que se elija sino la sincronía entre los elementos que intervienen en las elecciones. No lo sé y mientras no lo sé, la esperanza de saber va muriendo junto con mi no elección de morir ahora.
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