martes, 5 de mayo de 2009

Epístola de Rodin a Camille

Mi feroz amiga,

Mi probre cabeza está muy enferma y ya no puedo levantarme por la mañana. Esta tarde he recorrido (horas) nuestros lugares sin encontrarte. ¡Qué dulce me resultaría la muerte!, y ¡qué larga es mi agonía!

¿Por qué no me has esperado en el taller? ¿Dónde vas? ¡Cuánto dolor me estaba destinado! Tengo momentos de amnesia en los que sufro menos, pero hoy e dolor permanece implacable.

Camille, mi bienamada a pesar de todo, a pesar de la locura que siento acercarse y que será obra tuya si esto continúa. ¿Por qué no me crees? Abandono mi salón, la escultura. Si pudiera irme a cualquier parte, a un país en el que olvidara, pero no existe.

Hay momentos en que francamente creo que te olvidaría. Pero de repente, siento tu terrible poder. Ten piedad, malvada. Ya no puedo más, no puedo pasar otro día sin verte. De lo contrario, la locura atroz. Se acabó, ya no trabajo, divinidad maléfica. Y sin embargo te quiero con furor.

(tan yo, tan escalofriante, tan la hoja en banco).

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